domingo, 8 de agosto de 2010

Libro: “Tras una lengua de papel” del lingüista Carlos Garatea Grau.

“Nuestra lengua proviene del desorden y el conflicto”

Carlos Garatea Grau es un lingüista que ha profundizado en la historia del idioma español en el Perú. Su reciente libro “Tras una lengua de papel” es el resultado de seis años de investigación sobre el choque de culturas que ocurrió durante la conquista. Con estudios en la Universidad Católica, el Colegio de México y la Universidad de Múnich, Garatea Grau señala en su investigación la complejidad lingüística y cultural del idioma que arribó a estas tierras y el mestizaje producido en el contacto con las lenguas indígenas.

Por: María Isabel Gonzales

¿Qué aportes trajo el español a nuestro territorio al llegar con la conquista?

–Como lengua, el español llevaba también una historia propia que se integró a la nuestra. Cuando hablamos de español no hablamos de una lengua que tenga un único eje normativo ni un solo propietario, sino que hablamos de diversidad, que está mucho más allá de un espacio territorial o un período de tiempo. Con la llegada del español llegó también la historia de una cultura, de la Edad Media, del Renacimiento, de Cervantes, de Góngora, todo bajo una sola etiqueta.

–¿Cómo eran los primeros expedicionarios que llegaron al Perú y qué tipo de español hablaban?

–Había de todos los tipos. Durante mucho tiempo se dijo que aquí a América llegó gente poco ilustrada, analfabeta, malhechores, gente pobre. En parte era cierto, pero con ellos también llegaron sacerdotes, notarios y gente que luego llegó a cargos tan altos como virrey. Es un mito eso de que nuestro español es menor o de menos calidad, pero aún se arrastran los prejuicios con nuestra lengua porque hay quienes buscan el español correcto o español puro. Ese es un debate que aún no termina porque buscamos las formas correctas afuera y no dentro de nuestra propia habla. Otro mito es que los expedicionarios eran solo andaluces y tampoco fue así: venían de distintas partes de España. Si bien es cierto que los andaluces se caracterizaban por el seseo y algunas conjunciones, no se puede hacer una caracterización rígida. Muchos llegaron después de expediciones por el Caribe y trajeron palabras de esas tierras que luego se hicieron parte del español.

–¿Cómo se dio el proceso de aprendizaje del español en los pueblos indígenas?

–Aunque los españoles llegaron con el único objetivo de obtener riquezas a toda costa y no de entablar comunicación se vieron obligados a impartir la enseñanza del español porque el Rey así lo dispuso. Pero tal como sucede hoy en día, muy a pesar de que era una política para todas las poblaciones americanas, lo que dice la ley no necesariamente se cumple. Las escuelas formales fueron poquísimas y tardías en el Perú (siglo XVII), por eso uno de los primeros niveles fue la exposición oral, los indígenas aprendían de oído. Ya cuando se dio la enseñanza formal quienes impartieron la educación fueron los sacerdotes con un único propósito doctrinario. Es decir, la lengua no fue más que un medio para alcanzar la evangelización y también para lograr las riquezas que fueron descubriendo en nuestro territorio.

–¿Hubo resistencia de los pueblos conquistados al español?

–El nivel de asimilación fue mayor en la costa que en los Andes y se debe a dos factores: el primero fue geográfico y el segundo de resistencia cultural. Si hoy con todas las facilidades que existen el desplazamiento sigue siendo difícil en la sierra, en aquella época era peor. En la costa la propagación del idioma español fue más rápido por las facilidades de acceso que tenían los conquistadores. Pero al fin y al cabo lo que nos muestra el español tras seis siglos de confluencia entre lenguas es que somos un país mestizo, multilingüe, con una lengua de origen importado pero de la que hemos sabido apropiarnos y que convive con las andinas y amazónicas.

–En su libro usted cuenta que aún en la etapa formal de la enseñanza había discriminación en las escuelas

–Si bien habían colegios para enseñar a leer y a escribir a los hijos de curacas y caciques, estos abandonaron lentamente estos propósitos porque las plazas eran ocupadas por los hijos de españoles notables que veían en estos lugares el sitio ideal para educar a sus propios hijos. Entonces ocurrió que la población indígena fue desplazada lentamente aun cuando la ley dijera una cosa distinta. Incluso encontré el caso de un cacique –en el libro de un colega mío– que envió una carta al director de uno de estos colegios diciéndole que no se olvide cumplir con la labor que tenían encomendada de darle formación a sus hijos porque de lo contrario los iba a retirar del colegio.

–¿Qué aportes hemos dado como pueblo al español?

–Hay muchos términos que por la documentación oficial de la época se ha determinado que son aportes propios del Perú, pero la Real Academia no los reconoce. Por ejemplo “papa” es un término quechua y aún existe cierta resistencia para reconocerlo como nuestro. No tengo idea de por qué. Pero lo que yo creo es que el español hoy debe aceptarse por ser diverso. No hay que andar fijando de donde viene cada palabra. Basta con decir que chicha y cacique vienen del Caribe y aún así son parte de nuestra identidad. Cómo asimilar una lengua será siempre un problema de educación, cuál es el español que se enseña en las escuelas y cuál se debería enseñar. No a todos nos enseñan igual. Lo que podemos decir es que cuando se habla del uso del español en los Andes, hablamos de un español andino que consiste en la recurrencia de modos de español usados en esta parte de América. Con algunas particularidades pero que comparten rasgos generales.

–Para su investigación usted recurrió a documentos oficiales de la época, ¿qué fue lo que más llamó su atención?

–Titulé el libro “Tras una lengua de papel” porque busqué la evidencia del choque de las lenguas en las fuentes escritas, que eran redactadas por curacas, caciques e indígenas de la época bajo el modelo español aprendido en la escuela. Entonces venía el problema de cómo reconocer ahí qué era lo andino. Había que ir más allá y fijarse en el contexto que se vivía, el de los conquistados. Por ejemplo, el caso que desató toda esta investigación lo encontré mientras leía unos documentos notariales en los que un curaca usaba unas palabras sacadas de un texto español. Entonces había un problema de originalidad que resolver. ¿Qué tan andino es el español andino? Primero hay que aceptar que nuestra lengua no es una lengua aislada, sino una proveniente del desorden, de la variación, de los conflictos, de la desigualdad. Hay parte de la historia que se perdió para siempre, pero hay otra que prevalece y que nos deja con una sola certeza: la de un encuentro cultural que desató nuestra historia.

Fuente: Diario La República, suplemento "Domingo". 08 de agosto del 2010.

Libro “Recuerdos de una guerra. Fotografías, ilustraciones y correspondencia personal en torno a la Guerra del Pacífico”. Renzo Babilonia Fernández B.

La guerra y la memoria

Por: Camilo Torres

Hoy domingo en la Feria Internacional del Libro se presenta un volumen con imágenes y voces del pasado rescatadas por el fotógrafo profesional e historiador autodidacta Renzo Babilonia Fernández Baca. Fotos, grabados, carboncillos, cartas y otros documentos forman “Recuerdos de una guerra. Fotografías, ilustraciones y correspondencia personal en torno a la Guerra del Pacífico”, obra dividida en dos partes: una dedicada a las representaciones públicas y otra a los testimonios privados. “No es un libro antichileno”, declara Renzo. “En las imágenes que aquí ofrecemos, publicadas en los años siguientes a la guerra, podemos apreciar distintas visiones de un mismo hecho, como la respuesta de Bolognesi, la muerte de Alfonso Ugarte y el fusilamiento de Leoncio Prado”.

Desde lo cotidiano

Las ilustraciones reproducidas en la primera parte del libro aparecieron originalmente entre 1894 y 1930, es decir, durante el período en el que se formó el recuerdo que el Perú tiene de la guerra, la derrota y la reconstrucción de la nación. Historiadores y científicos sociales, estudiosos de la comunicación y el público en general agradecerán esta recopilación de imágenes y textos en la que apreciamos cómo se definió la memoria que hoy tenemos de un período tan importante de nuestra historia.

La segunda parte del libro propone un recuento del mismo acontecimiento pero desde un ángulo completamente distinto: a través de los testimonios de la intimidad de sus protagonistas. Resulta fascinante, por ejemplo, leer correspondencia privada que solo hoy sale a luz y que pone de manifiesto la dimensión humana de los hombres que son símbolos nacionales y a quienes por lo general solo vemos en el marco del discurso oficial.

Las cartas de Grau

Entre este rico material destacan doce cartas que Miguel Grau le envió a su cercano amigo el capitán Ezequiel Otoya y que la familia Wiese Otoya cuidó a lo largo de cinco generaciones. En ellas apreciamos rasgos de la persona que las versiones tradicionales no alcanzan a transmitir: su amor por su familia, la amistad forjada en el calor de la batalla, la cortesía y el cariño que se muestran en detalles domésticos, como el envío de dos barriletes de aceitunas o la noticia de que su esposa, Dolores, “desembarazó sin novedad, antes de ayer a las tres de la tarde, dando a luz otro varoncito”. También leemos de puño y letra del almirante sus discrepancias con la forma en que se conduce la guerra y sus diferencias con colegas como el capitán de La Unión, Aurelio García y García, y lo escuchamos deplorar la tarea de intrigantes y envidiosos.

La última carta

Sin duda el documento más dramático es la última carta de Grau, con fecha del 28 de setiembre de 1879. En ella le confía a Otoya su desaprobación de la estrategia peruana: “Todavía ignoramos cuál será el nuevo plan de campaña que adopte Chile con toda su escuadra ya reparada. Hasta que no se conozca algo de esto, no me parece prudente iniciar con este buque una nueva excursión”. Esta lucidez premonitoria, propia de una tragedia griega, no impidió que el Caballero de los Mares marchara hacia el sur, hacia Angamos y la apoteosis. “Grau es el único héroe a quien admiramos más después de leer sus cartas privadas”, afirma Renzo Babilonia. El destinatario de esta carta es el capitán Ezequiel Otoya, “un héroe olvidado”, en opinión del investigador.

El amigo valiente

Amigo íntimo de Grau y, al inicio de la guerra, segundo al mando del Huáscar, Otoya fue designado a otro puesto de servicio y entre sus documentos se encuentra una carta que Melitón Carvajal le envió luego de la jornada del 8 de octubre. En otra carta, notable por su dramatismo, el capitán Otoya le cuenta a su esposa Rosa una incursión en la que el monitor derrota a la nave chilena Matías Cousiño y se enfrenta a una corbeta enemiga con la que se bate “tanto a cañón como a tiros de rifle”. “Ya te puedes figurar”, le escribe Otoya a su esposa, “la empresa tan atrevida de nuestra expedición”. Más tarde a este marino se le encargó una misión muy singular: en 1879 supervisó en Paita las pruebas de un arma secreta llamada “Toro Submarino”, prototipo de un sumergible diseñado por el ingeniero danés Federico Blume y que pudo haber cambiado el curso de la historia. El capitán Ezequiel Otoya murió en 1882 durante la ocupación de Lima.

El autor y sus obras

Renzo Babilonia es fotógrafo de profesión, pero su interés en la historia de las imágenes y su uso como instrumentos para diseñar una identidad nacional lo han llevado a la investigación de archivos, manuscritos, hipótesis y testimonios. “La guerra de nuestra memoria. Crónica ilustrada de la Guerra del Pacífico (1879-1884)”, su primer libro.

Junto con los héroes reconocidos y los olvidados por la historia, Babilonia quiere rendir homenaje a otros personajes importantes en la preservación de nuestra memoria: aquellos que han cuidado el patrimonio histórico y hoy permiten su divulgación, como las familias Vizcardo Wiese y Wiese Otoya, propietarias de los manuscritos, y la señora Rochi Lasarte y el señor Rubén Mansilla.

Fuente: Diario El Comercio, suplemento "El Dominical". 1 de Agosto del 2010.

miércoles, 14 de abril de 2010

Libro: Armas de persuasión masiva. Retórica y ritual en la Guerra del Pacífico. Carmen Mc Evoy.

Mc Evoy y la construcción nacionalista

Por: Martín Tanaka (Politólogo)

Esta semana se presentó el último libro de la historiadora Carmen Mc Evoy, Armas de persuasión masiva. Retórica y ritual en la Guerra del Pacífico (Santiago, CIP, 2010), que compila discursos eclesiásticos, políticos y militares de personajes chilenos que muestran, como argumenta la autora en su valioso estudio preliminar, de qué manera se construyó el discurso nacionalista en Chile, aprovechando la victoria en la Guerra del Pacífico.

Chile tenía que desarrollar un discurso que justificara la invasión, ocupación y conquista de territorios ajenos, y que al mismo tiempo aprovechara el entusiasmo por el triunfo. Así, Perú habría actuado de manera desagradecida frente el apoyo chileno en las guerras de independencia y la de 1866, y con perfidia al aliarse secretamente con Bolivia. El que Chile hubiera vencido a dos países, incursionando en territorios agrestes y desconocidos, sería muestra de su superioridad como nación; seríamos un país decadente, marcado por la corrupción, la debilidad, el salvajismo, por lo que la incursión chilena asumía un carácter civilizatorio, bendecido por la voluntad divina.

El libro demuestra cómo funcionan los artificiosos mecanismos de construcción de identidades nacionales; en realidad, Chile distaba de ser el país que esos discursos querían proyectar. Chile vivió importantes guerras civiles en los años posteriores a su independencia, en 1851, y después de la guerra, en 1891. Más todavía, durante la guerra, diversos levantamientos de la población mapuche eran aplastados a sangre y fuego. Si bien Chile avanzó relativamente más que otros países en cuanto a consolidación estatal, lo hizo sobre la base de un modelo elitista, autoritario, excluyente. De allí que al inicio de la guerra hubiera preocupación por la lealtad de los “rotos” ante un ejército comandado por “aristócratas”, “pelucones”.

Lo curioso es que, del lado peruano, no encontramos narrativas nacionalistas exitosas que cuestionaran la construcción chilena, sino discursos fuertemente críticos, desde González Prada hasta nuestros días, que por el contrario parecen confirmarlo. Desde este ángulo perdimos la guerra por no tener clase dirigente, por estar divididos, por nuestro fracaso en la construcción de un Estado-nacional. Así, paradójicamente, la exaltación nacionalista chilena se acopló perfectamente con una narrativa derrotista de nuestro lado: en efecto, habríamos perdido porque no teníamos lo que Chile sí tenía.

Así, el libro de Mc Evoy no solo es pertinente para desmontar la ideología nacionalista chilena, también para cuestionar elementos en nuestra historiografía que pasan por alto importantes logros y esfuerzos de construcción estatal y nacional en el siglo XIX. En tanto asumamos que ni los chilenos eran tan superiores, ni nosotros tan inferiores, podremos encontrar un punto en el que podamos relacionarnos sin complejos como lo que somos: iguales.


Fuente: Diario La República. Dom, 28/03/2010.
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sábado, 10 de abril de 2010

¿Quién soy y... cuántos? - Un viaje filosófico. Richard David Precht.

La gravedad del yo

Richard David Precht ha escrito el libro de filosofía de mayor éxito de Alemania. El bestseller “Wer bin ich - und wenn ja, wie viele” ya ha sido traducido a 16 idiomas.

Por: Erna Lackner

Cuando alguien puede narrar un largo viaje con un equipaje pesado con tanta facilidad y ligereza y al mismo tiempo con tantas facetas como lo hace Richard David Precht, es un verdadero placer. Y un logro que se ve recompensado con, hasta ahora, 700.000 lectores en 16 idiomas. Un bestseller alemán de una materia que no invita de antemano a ensoñaciones: la filosofía. Pero con Precht como guía de viaje se puede dar una estimulante vuelta al mundo incluso con mercancía kantiana o wittgensteiniana. Tiene un don para popularizar la filosofía y servirla de forma sucinta, pero sustanciosa, para que le guste también a lectores cuyo trabajo no se desarrolla en la torre de marfil de la filosofía, pero que de vez en cuando se preguntan de dónde vienen, a dónde van y qué sentido tiene todo esto.

Para ellos, Richard David Precht, nacido en 1964, ha encontrado un título que parece un sinsentido, pero también misteriosamente inteligente: “Wer bin ich – und wenn ja, wie viele?” (Quién soy yo – y en caso de que sí, ¿cuántos?) Es la frase nocturna de un amigo afónico, revela el autor, a quien le gusta intercalar anécdotas y vivencias agradables.

Ya se trate de una extraña poesía o más bien de un título elaborado con instinto para un superventas, éste podría suponer también un handicap. Los compradores de libros que ignoran por principio este tipo de títulos de autoayuda pueden sencillamente haber pasado por alto que tras la humorística portada se esconde una competente narración con preguntas filosóficas, cuyo atractivo consiste en que las respuestas de Descartes, Rousseau, Nietzsche, Sigmund Freud y compañía son adaptadas al estado de las ciencias actuales. Sobre todo a la ­investigación cerebral, en la que Precht ­recala fascinado una y otra vez, para al final preferir seguir siendo kantiano.

El libro no es sólo un veloz viaje en el tiempo, sino también un bosquejo fácil de ­entender de la investigación cerebral, desde sus curiosos comienzos hasta los últimos estudios, con “emocionantes impulsos” y ecos de aquella arrogancia con la que los “investigadores cerebrales creen que su ­investigación deja sin trabajo a la filosofía y quizás también a la psicología”. Precht sabe poner de manifiesto este tipo de controversias, que dejan claras las luchas de rango en nuestra era neurobiológica, por ejemplo entre freudianos e investigadores cerebrales, que “quieren tachar el yo”. Y él muestra el gran bosque, que con tanto ­árbol apenas se puede abarcar con la vista. En sus propias palabras, es una “ayu­da para orientarse en la espesura de las ­ciencias”.

Con “Wer bin ich – und wenn ja, wie viele?”, Precht se ha adentrado en una vereda de tres partes con las preguntas básicas de Kant: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? En el primer capítulo, ilustra, con ayudas iniciales como la canción de John Lennon “Lucy in the Sky with Diamonds“, los requisitos previos del pensamiento. Cómo pudo empezar todo con los animales humanos hace millones de años, cuando el tamaño del cerebro se triplicó bruscamente.

La precaria frontera entre humanos y animales es un tema central que también trata en la segunda parte sobre la ética, el área clásica de la filosofía: ¿Es el ser humano un animal moral? ¿Debemos comer animales? ¿Cómo deberíamos tratar a los antropoides? Para incitar la reflexión, Precht ilustra a veces un escenario de terror en el que el hombre no es el rey de la creación, sino también meramente material animal.

De nuevo con Kant y, esta vez, con el utilitarista Jeremy Bentham profundiza en cuestiones bioéticas que hacen tambalear los fundamentos cristianos y que hace tiempo que conmocionan la jurisprudencia y la medicina. Los investigadores cerebrales especialmente se han “hecho en cierta medida con el poder de interpretar”, opinaba hace poco Precht en una entrevista para la revista “Stern”. Pero las ciencias y las letras debían volver a ir de la mano cuando se trate de los seres humanos. La filosofía no debe limitarse a “la restauración de construcciones antiguas en el ámbito intelectual”, sino que tiene que ocuparse de las preguntas actuales: “La filosofía sin las ciencias naturales está vacía, y las ciencias naturales sin la filosofía están ­ciegas”.

Richard David Precht establece diversas uniones transversales, no sólo entre las islas de las diferentes ciencias. En su “viaje filosófico”, entrecruza una y otra vez los términos antagónicos razón y sentimiento. ¿Quién rige el mundo? ¿Sigue teniendo ­vigencia el imperativo categórico de Kant sobre el ser bueno? ¿Y qué está hoy en boga? La razón es sólo un lacayo de la voluntad, opinaba Schopenhauer. ¿Quién está al mando en el cerebro? ¿Tiene el yo sólo una base material? ¿Es sólo el producto de neuronas, sustancias transmisoras, hormonas? ¿Qué ocurre en el compartimento superior del cerebro? Precht tiene que volver a recurrir al taller de los investigadores cerebrales, al lóbulo frontal y a las neuronas espejo, pero el sabe hablar sobre ciencia como un escritor de novelas de suspenso. Con competencia y precisión, pero también con valor para comprimir, omitir y con vivaces entramados, así como con un lenguaje coloquial consigue un estilo elegante y atractivo. Hoy ya no tiene ningún sentido, dice Precht, escribir como Kant, que se basaba en la gramática latina escolar, o como Hegel, “un pésimo estilista”, “Hegel realmente no sabía escribir, ése es uno de los motivos por los que sus textos son tan difíciles”. Su propia disertación sobre “la deslizante lógica del alma en Robert Musil” es un “rollo pomposo”, reconoce Precht, pero él afortunadamente dice ­haberse liberado de la complejidad y de la jerga inculcadas en la universidad.

Y ¿qué pueden esperar los seres humanos? La tercera parte del “viaje filosófico” trata sobre Dios, la libertad y la propiedad, la justicia, la felicidad y el amor de la mano de Anselmo de Canterbury, Husserl y Sartre, Luhmann y Epicuro. Terminado esto, Precht –que vive con su mujer, la periodista de televisión luxemburguesa Caroline Mart, y un total de cuatro hijos– ya ha pasado al siguiente libro que se publicará en marzo de 2009: “Liebe. Ein unordentliches Gefühl” (El amor. Un sentimiento desordenado). Un recorrido de obstáculos que también podría convertirse fácilmente en uno de los más vendidos.

Fuente: http://www.magazine-deutschland.de/es

viernes, 2 de abril de 2010

Libro ¿Qué es la Democracia? de Giovanni Sartori.

Teoría de la Democracia

Podríamos decir que Giovanni Sartori tiene una doble personalidad: la más conocida, la del abuelete que de cuando en cuando lanza al mercado libros destinados a provocar, a generar debates intelectuales y, sobre todo, a vender. Es el Sartori de libros como Homo videns o Multiculturalismo y democracia, caracterizados por mostrar una visión altamente crítica y negativa de ciertos aspectos de la sociedad, por el escaso número de páginas y la enorme tipografía y, naturalmente, por su elevado precio. Si estas fueran las únicas aportaciones de Sartori al mundo del pensamiento, no sería arriesgado decir que nuestro hombre está preparado para engrosar la plana de cualquier periódico español como comentarista de calidad.

Afortunadamente, no es este el único Sartori que nos encontramos. Existe otro, que en realidad antecede al más conocido (o, sintomáticamente, al único conocido), que se ha pasado la vida elaborando sesudos estudios de ciencia política que hoy día ocupan un lugar muy importante en la disciplina, hasta tal punto que estamos en condiciones de afirmar que en España debe haber casi 5 personas que los hayan leído.

Yo soy una de esas personas. Echándole un par de huevos. Y la verdad es que el libro, o mejor dicho, los libros, porque son dos los volúmenes que integran Teoría de la democracia, tiene muchos aspectos interesantes que ofrecer al lector, particularmente si el lector es una de las 5 personas que hay en España interesadas en la política no como vehículo para enriquecerse o como mecanismo de expresión de determinadas frustraciones y/o deseos. Huelga decir que yo no soy una de esas 5 personas, pero ahí me tienen, uno lee muchas cosas en esta vida (con Teoría de la democracia, en mi caso, ya van tres), así que, dado que he leído algo, ¿por qué no hacer, de paso, una reseña para La Página Definitiva?

Lo primero que hay que decir es que este es un libro sobre teoría política, pero también es un libro político. El autor adopta desde el principio una posición ideológica (liberal - conservadurismo) que al principio es implícita y poco a poco va aflorando conforme nos cuenta lo malos que son los socialcomunistas. Eso sí, todos los preceptos que muestra el libro están revestidos de una compleja argumentación para justificar los lugares a los que llega Sartori, hasta tal punto que incluso puede resultar fatigoso; por ejemplo, para definirnos lo que es la democracia, Sartori "se gusta" durante 25 páginas preliminares explicándonos lo que es una definición, para llegar a la conclusión de que es muy difícil definir la democracia, pues las acepciones del término son múltiples a lo largo de los siglos, y aún hoy continúan entrecruzándose. Eso sí, nos queda muy claro lo que es una definición.

Entrando ya en el análisis del libro por partes, Sartori divide su obra en dos mitades, tituladas "El debate contemporáneo" y "Los problemas clásicos". Curiosamente, "El debate contemporáneo" es el volumen I, para después pasar a los problemas clásicos. Aunque sea muy original, esta división no parece demasiado justificada, pues es perfectamente plausible leerse el libro "al revés", comenzando por Grecia y acabando por el presente, y posiblemente sea más operativo. En cualquier caso, entre las cosas que comenta Sartori, que son muchas y de forma exhaustiva, podríamos destacar las siguientes:

- Sartori considera que la democracia representativa, con todos sus defectos, es hoy por hoy la única viable. Rechaza, naturalmente, las eufemísticamente llamadas "democracias populares", pero también los eventuales experimentos de democracia directa aprovechando las ventajas de la tecnología. Esto último, como es obvio, constituye un grave error, por múltiples razones históricas, éticas, políticas y peripatéticas, pero fundamentalmente por un motivo: porque somos de otra opinión. Y para demostrarlo, véanlo aquí.

- Por el mismo motivo, Sartori rechaza toda equiparación entre la democracia ateniense y los modelos contemporáneos, pues estos últimos son muchísimo más complejos y están pensados para sociedades gigantescas en comparación con el pequeño número de ciudadanos de la Atenas clásica. También hay otra razón: la democracia, según nos explicó Aristóteles, en su acepción ateniense, era una de las formas políticas "corruptas". El estagirita (¿nació en la laguna Estigia?) distinguió tres formas de gobierno "buenas" (monarquía, aristocracia, politeia) y sus correspondientes formas corruptas (tiranía, oligarquía, democracia). Para Aristóteles, por supuesto, la mejor forma posible es la aristocracia, en la que indudablemente él se incluía, mientras que la democracia no sería sólo el "gobierno de los muchos", sino el "gobierno de los pobres" o, más directamente, "gobierno de los peores". Aristóteles vio cómo la democracia en Atenas se convirtió en tiranía a causa de las locuras de los ciudadanos, que pasaban el rato aprobando leyes que eran derogadas a los quince minutos, atacando a los ciudadanos más válidos y promocionando a los mediocres. A Sartori se le ve mucho aquí el plumero cuando habla del peligro de que la democracia caiga en el populismo.

- Sartori deja muy claro al final del libro que aquí, democracia, sólo si se trata de una democracia liberal fundamentada en un mercado libre. Sartori se lamenta de lo cruel que es el mercado, de que contribuye a insertarnos en un modelo mecanicista, pero al mismo tiempo no ahorra elogios respecto a su funcionamiento. Volvemos a leer todo aquello de la "mano invisible" de inspiración divina (absurdo, todos sabemos que la "mano invisible" fue, desde 1996 hasta 2000, José María Aznar, y a partir de entonces los pérfidos extranjeros), de cómo el mercado se autorregula de forma "natural", etc. En líneas generales, diríase que a Sartori no le parecería del todo mal volver a un modelo de sufragio censitario, con lo que habrá que decir que es un elitista salvo si me incluye en el censo.

- Por último, los ataques al marxismo en todas sus formas son continuos e implacables. Sólo hay una forma alternativa al modelo capitalista liberal a la que Sartori le concede una mínima credibilidad, el "socialismo de mercado" (una especie de híbrido entre el experimento yugoslavo y las socialdemocracias escandinavas; es preciso aclarar que cuando Sartori escribió el libro "Yugoslavia" aún era un país, no siete). Salva la figura humana de Marx (es decir, sus buenas intenciones) para rechazar todo lo que, en los planos económico y político, elaboró el pensador alemán, aunque también ponga de relieve que la interpretación que comúnmente se hace del pensamiento marxista supone una tergiversación radical de sus planteamientos iniciales, por ejemplo con el uso del concepto "dictadura del proletariado", que en Marx es marginal y después se convierte en uno de los puntos fundamentales de los sistemas comunistas, a los que, naturalmente, Sartori manda a los infiernos, comenzando por la Unión Soviética (nuevamente advertimos de que todo esto Sartori lo escribió en plena guerra fría, y el muy vago aún no lo ha actualizado). Y elabora una crítica brillante por momentos, a veces incluso divertida por las maldades que introduce en su discurso (ya dijimos que se trata de un texto político):

"Para Lenin, la asociación básica, inamovible e inmutable era que 'la democracia es igual que el Estado'. Su leitmotiv era: puesto que el Estado es malo, también lo es la democracia (...) Pero cuando Lenin abordó la segunda fase, la dictadura del proletariado, cambió de sintonía. Mantenía que la dictadura del proletariado era 'más democrática' que la democracia burguesa. Si quería decir que en este caso el ejercicio de la violencia era más intenso y sistemático que antes, nada que objetar". (pp. 555 - 556)

En resumen, el libro de Sartori es un enorme ejercicio de erudición, un interesante ensayo político, y también un "manual de uso de la democracia" desde una perspectiva política muy definida. El libro se lee con gusto, aunque en ocasiones resulte un poco cargante, y se le puede sacar bastante jugo. Hay que reconocer que la visión que Sartori muestra de las cosas resulta en ocasiones muy sugestiva. Eso sí, es un libro que corre el riesgo de quedarse anticuado, y no tanto por la caída de los regímenes comunistas como por algo mucho más importante: el amanecer y el ocaso del felipismo, que ha cambiado totalmente las reglas del juego político.

Fuente: Lapáginadefinitiva.com

Recomendado: Definir la Democracia.

domingo, 28 de marzo de 2010

Libro Diversidad y Complejidad Legal. Aproximaciones a la Antropología e Historia del Derecho.

¿Somos pobres porque somos diversos?

El Perú es diverso no solo por cuestiones culinarias: cuenta con más de 60 grupos étnicos y pueblos indígenas que piensan y sienten de manera diferente. Pero el gobierno prefiere aplicar una simplista receta de desarrollo, como si la sociedad fuese homogénea, y promueve normas que ignoran la complejidad del país. En su libro Diversidad y complejidad legal el abogado y antropólogo Armando Guevara Gil considera que esta postura estatal solo desata conflictos y plantea ver la diversidad como un valor y no como un obstáculo.

Por: Milagros Salazar

Los países no son habitados por identikits. Apenas el 10% de los Estados en el mundo son étnicamente homogéneos. Hay 191 Estados y a la vez cerca de 8 mil grupos étnicos, pueblos indígenas y naciones. Esta multiculturalidad se expresa vivamente en el Perú con 61 grupos étnicos amazónicos, los grandes grupos etnolingüísticos quechua y aimara y “colonias” de migrantes. Por eso la diversidad es una característica casi universal que los gobiernos no pueden ignorar. Esta advertencia la hace Armando Guevara Gil en su libro Diversidad y complejidad legal con el propósito de reflexionar sobre aquello que nos hace diferentes y que es imprescindible reconocer para encontrar formas eficaces de gobierno que eviten conflictos como el de Bagua o los que estallan alrededor de las explotaciones mineras y petroleras. La diversidad no debe verse como la piedra en el zapato en el camino hacia el progreso. Si bien el economista Jürgen Schultz preguntaba irónicamente ¿somos pobres porque somos ricos? para plantear la paradoja del boom de la explotación primaria exportadora que no ha garantizado desarrollo a lo largo de nuestra historia, esa interrogante también podría ser replanteada a la luz de las reflexiones de Guevara: ¿somos pobres porque somos diversos?

Revisemos algunas ideas de la receta gubernamental sobre el desarrollo en busca de respuestas.

Con más inversión privada habrá desarrollo para la mayoría

El presidente Alan García parece haber encontrado una fórmula mágica para que el país repunte: más inversión privada generará más trabajo y esto a su vez crecimiento económico, o sea, desarrollo para la “inmensa mayoría”. García lo ha dicho, lo ha escrito y lo ha aplicado con altos costos sociales en algunos casos sin ver matices ni diferencias en aquellos pueblos en donde sus decisiones podrían tener impacto. ¿Desarrollo para quiénes?, ¿para qué mayoría en un país pluricultural? “Su visión parece del siglo XIX cuando se planteaba una forma única de gestión del territorio. Ha sobrestimado su capacidad de convencimiento, quizás ha querido coronar su idea del desarrollo y lo que ha hecho es generar más conflictos sociales y arrinconar a los pueblos indígenas”, señala Guevara. En sus artículos sobre el síndrome del “Perro del Hortelano”, el presidente señala que hay muchos recursos que no reciben inversión y que no generan trabajo “por el tabú de ideologías superadas”. Pero la existencia de grupos diversos que tienen una visión distinta del territorio y del acceso a los recursos naturales no es un invento. El especialista advierte que la diferencia del derecho de propiedad del suelo y el subsuelo que hace el Estado rompe los esquemas de la mirada integral del territorio que desarrollan los amazónicos.

Guevara ha estudiado en su libro el impacto de los proyectos de desarrollo en el lago Titicaca (1930-2006) y allí descubre este choque de miradas. Explica que si bien los totorales que están sobre el lago, son vistos por el Estado como un recurso natural de la Nación, desde la óptica de las comunidades quechuas y aimaras, estos totorales que son plantados, cosechados y heredados, representan una propiedad familiar o individual como si fuesen parcelas agrícolas en tierra firme a diferencia de las aguas que sí son un espacio colectivo. “Pero si las comunidades circunlacustres se reclaman «dueñas» de los totorales, no lo hacen apelando únicamente a la tradición y la proximidad, sino a una de las fuentes más reconocidas universalmente como origen del derecho a la propiedad y la posesión: el trabajo”, apunta Guevara.

“El Perú es diverso no solo en aspectos gastronómicos, sino sobre todo por su realidad social, cultural, política e histórica, por lo tanto no puede haber una sola política nacional y es vital que las políticas públicas se elaboren en función de esta diversidad para garantizar la convivencia social y la sostenibilidad de los ecosistemas”, reflexiona.

Las comunidades no saben manejar los recursos

Para Alan García, el Perú está lleno de “tierras ociosas porque el dueño no tiene formación ni recursos económicos, por tanto su propiedad es aparente. Esa misma tierra vendida en grandes lotes traería tecnología”. En contraste, Guevara señala: “Existen diferentes lógicas para gestionar los recursos” que deben ser reconocidas y rescatadas para plantear un desarrollo sostenible como el manejo eficiente de los bosques de algunos grupos en la Amazonía. “Porque con la idea de que el crecimiento económico es igual al desarrollo ya hemos sobrexplotado los recursos naturales en un 20% más de lo que la Tierra puede soportar”, asegura Guevara.

“La diversidad es una condición, no un problema. Y no debe verse la exigencia de mayor autonomía de los pueblos indígenas para administrar sus recursos como reclamo de autarquía porque estos grupos también reclaman mayor presencia estatal, servicios mínimos y el respeto a sus derechos”, señala el autor.

En ese sentido, ¿el conflicto de Bagua ha servido para que enfoquemos nuestra atención sobre estas poblaciones? Guevara responde: “Creo que ocasionó un remezón ético y político, pero la inercia histórica de percepciones y prejuicios contra los indígenas ha vuelto a instalarse en el Estado y la sociedad en su conjunto”.

Solucionemos los problemas vía decreto

Para Guevara existe un conflicto entre la normatividad estatal y las prácticas consuetudinarias de las comunidades. Considera por ello que está condenado al fracaso cualquier proyecto de desarrollo que “asuma intervenir en un paisaje social normativamente vacío” o que ignore la importancia del derecho en esta tarea.

“Cada vez más las leyes se alejan de la realidad. El Derecho es un mecanismo para solucionar conflictos, pero ahora los crea como vemos en las contradicciones entre el régimen ambiental y el de concesiones en industrias extractivas”, asegura.

Pese a que existe un Estado con un aparato legislativo gigantesco, Guevara lo califica de “anémico” por su incapacidad para aplicar las normas y gozar de legitimidad. El rechazo de los indígenas a los decretos del régimen aprista para promover la inversión privada en sus territorios lo demuestra.

Ingresemos al mundo global con los TLC

La pluralidad legal de la que habla Guevara también se da en el proceso de globalización. “Ya no es un problema del Estado versus el indígena sino que es un fenómeno que tenemos que aprender a manejar integralmente debido al impacto de la globalización económica en el derecho nacional”.

En un lado de la balanza, el Perú se ha insertado en la economía global con los tratados de libre comercio a los que le otorga plena vigencia y respeto, pero en el otro lado están los instrumentos internacionales de derechos humanos a los que no siempre considera vinculantes como sucede con el Convenio 169 de la OIT que garantiza la consulta previa a los pueblos indígenas. “El Estado debe asumir la globalización en todos sus frentes, incluido el de derechos humanos y el ambiental”, señala.

Guevara plantea reformar el derecho y desterrar “los lugares comunes que han reemplazado la investigación empírica porque lo que necesitamos es conocer mejor nuestra diversidad como fuente de riqueza y no como causa de la pobreza”.

Perfil

Nombre: Armando Guevara Gil

Estudios: Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú y Maestría en Antropología Cultural en la Universidad de Wisconsin-Madison.

Cargo: Profesor asociado del Departamento de Derecho y de la Escuela de Posgrado de la PUCP. También es miembro ordinario del Instituto Riva-Agüero.

Publicaciones: Propiedad agraria y Derecho colonial: los documentos de la hacienda Santoris, Cusco 1543-1822 (1993); Agua y derecho (Editor con Rutgerd Boelens y David Getches, 2006); Derecho, instituciones y procesos históricos (editor con José de la Puente, 2008); Derechos y Conflictos de Agua en el Perú (editor, 2008), Diversidad y Complejidad Legal (2009).

Fuente: Diario La República (Suplemento Domingo). 21 de Marzo del 2010.

Recomendado:

Diversidad y Complejidad Legal. Aproximaciones a la Antropología e Historia del Derecho.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Libro Historiografía y Nación en el Perú del siglo XIX.

“Nos sentimos orgullosos de los incas pero no tanto de los indios”

¿La época colonial fue buena o mala? ¿Cuánto apoyo popular tuvo la causa de la Independencia? ¿Qué debemos rescatar de Alfonso Ugarte? Las respuestas correctas no son, probablemente, las que nos enseñaron en la escuela. El historiador Joseph Dager remueve este tema en un libro de reciente publicación que está despertando inusitado interés en medios académicos: “Historiografía y Nación en el Perú del siglo XIX” (PUCP, 2009). Según el autor, hay un conjunto de mitos y falacias que hoy es necesario revisar. Hay, advierte, historias que no provoca escuchar, que no generan orgullo, pero que es necesario volver sobre ellas porque solo es posible la reconciliación a partir de un pasado veraz.

Por Elizabeth Cavero

El Perú nace como nación en 1821 y sin embargo hoy entendemos que la “historia del Perú” comienza antes de los incas. ¿Cómo se explica?

–Quizá podemos partir diciendo que el siglo XIX es un momento en el que la burguesía asciende al poder y construye un nuevo modelo político, el Estado-Nación. Este es un fenómeno mundial, que empieza en los Estados Unidos, en Europa y en Hispanoamérica. Lo que este modelo pretende, en primer lugar, es que los habitantes del Estado-Nación se reconozcan como miembros de una misma comunidad, con una misma cultura y sobre todo con un mismo pasado. Y, mientras más antigua era la nación, más legítima y con mayor derecho a autogobernarse.

–Entonces mientras los franceses buscaban sus raíces en los galos, los ingleses en los sajones, los alemanes en los germanos... los peruanos buscaban sus raíces en los incas.

–Sí, aunque no hay que olvidar que ya Garcilaso de la Vega y Guamán Poma (cronistas del siglo XVI) hablaban de los incas. La diferencia es que en el siglo XIX los que historian la antigua grandeza de los incas eran “criollos” o sus descendientes. Ellos “peruanizan” a los incas. Y tuvieron tanto éxito, que hoy seguimos considerando a los incas como peruanos.

–¿Esta construcción de nuestra historia nacional comienza en 1821?

–O bien a partir de 1824, con la derrota de las tropas realistas. Entonces, lo primero que se hace es crear símbolos distintivos: bandera, escudo e himno. Estos incorporan elementos andinos –como la quina y la vicuña– con los cuales las mayorías indígenas pudieran identificarse. De la misma forma, se necesitaba una historia común, una historia nacional. Esos historiadores no se inventaron una historia, la “confeccionaron” con insumos que estaban ahí y con su propia creatividad. La historiografía peruana fue una confección porque el elemento “creativo” y la historicidad del momento subrayaron o descuidaron un sinnúmero de aspectos, pero ello no debe asociarse con lo conscientemente “fraguado”.

–¿Por qué interesaba a la burguesía construir la nación?

–Para gobernar mejor. No se trataba de una nación democrática, ni igualitaria. Era una nación como se definía en el siglo XIX, en la cual el Estado contribuye a crear a los connacionales. La élite confecciona eso que llamamos “peruano” y trata de difundirlo. Lo que yo confirmo al analizar la obra de los historiadores del siglo XIX –como lo han hecho otros historiadores estudiando el pensamiento, las fortunas o las modas de la burguesía– es que sí existieron proyectos nacionales, sí hubo una experiencia burguesa. Digo esto porque durante mucho tiempo se ha repetido que el Perú no tuvo clase dirigente, sino clase dominante; que no hubo burguesía, sino oligarquía; y que esa élite no fue capaz de crear un proyecto nacional ni de ofrecer una imagen de conjunto del pasado peruano.

–¿Esa crítica abarca a los historiadores del siglo XIX?

–Sí. Alberto Flores Galindo sostenía que la historiografía (la producción histórica) nace en el siglo XX. Yo sostengo que ya desde antes, con Mariano Mendiburu, Mariano Felipe Paz-Soldán, Sebastián Lorente o Carlos Wiesse (historiadores del siglo XIX) el Perú estaba en la agenda ideológica. Si no había la intención de crear una nación, para qué crear una historia nacional.

–Entonces, ¿cuáles son los mayores aportes de los historiadores del siglo XIX a la nación?

–El mayor aporte de los historiadores del siglo XIX es haber integrado a los incas al Perú. El segundo gran aporte es haber ofrecido una comprensión general del pasado peruano y del Perú: país de antigua grandeza, tiene la esperanza de ser un país de futura grandeza. Lo que no comprendieron, ni los historiadores ni los políticos del siglo XIX, fue que el Perú es un país mestizo y diverso. Para ellos la diversidad fue un obstáculo y por eso trataron de homogeneizar culturalmente y de imponer su modelo de progreso.

Lugares comunes

–Existen lugares comunes en las críticas sobre el siglo XIX. Uno de ellos se refiere al despilfarro de la riqueza guanera. Sin embargo, usted nos dice que este dinero se usó también para financiar investigaciones históricas.

–Sí. Los historiadores debemos hacer un mea culpa porque hemos sido muy severos con el siglo XIX, hemos tratado de encontrar en el siglo XIX el origen de casi todos nuestros males, y nos hemos conformado con echarle la culpa: el siglo de la anarquía militar, del guano que se despilfarró y de la derrota con Chile. Pero perdemos de vista que, junto con eso, en el siglo XIX pudimos construir un Estado. Entonces, por ejemplo, siempre repetimos que más del 50% del dinero del guano se usó en pagar sueldos de empleados públicos. ¡Pero claro! ¡Si había que construir un Estado! Se usó para pagar maestros, jueces, prefectos que antes no existían. Con el dinero del guano se fomentó también la actividad intelectual, la producción de obras históricas. Ojalá el Estado de hoy lo hiciera.

–Estos historiadores del siglo XIX, sin embargo, tuvieron que enfrentar pronto el dilema de admirar a los incas, sintiendo a la vez desprecio por sus descendientes, los indígenas.

–En 1992, la historiadora Cecilia Méndez publicó un magnífico artículo titulado “Incas sí, indios no”. Ella afirma que es una característica del nacionalismo peruano del siglo XIX y del siglo XX decir yo siento orgullo por los incas, pero no tengo nada que ver con los indios. Méndez lo atribuye a que en el siglo XIX existió un nacionalismo criollo que no veía en ello una contradicción y que excluyó a la población andina.

–¿Coincide con ella?

–Coincido en mucho. Pero creo también que precisamente la admiración hacia los incas impidió que la población andina fuese excluida del proyecto nacional. Los historiadores del siglo XIX dijeron: estos indios, descendientes degenerados de los incas, tienen una historia que demuestra lo que podrían llegar a ser si nosotros los regeneramos, los educamos. Gracias a esto, los indios fueron incorporados a la nación, aunque en un lugar secundario como grupos subalternos.

–No era posible mandar a los indígenas a vivir en reducciones.

–No, aquí la población indígena era tan numerosa y tan presente en todo el territorio que no se le podía confinar, como se hizo en Chile o EEUU. Entonces, se pensó en traer migrantes europeos para “mejorar la raza”. Pero, ¡cuántos hubieran tenido que venir! Luego se opta por imponer a aquella población un modelo cultural, burgués y occidental, para homogeneizar. Por supuesto, más inteligente hubiera sido que la élite, la minoría, aprendiera quechua como idioma oficial. Pero eso lo decimos hoy, 200 años después.

–Durante el siglo XIX tuvimos dos enemigos: España y Chile. ¿Cómo se entiende que tengamos hacia esos dos países sentimientos tan diferentes?

–Es que son dos historias diferentes. A España le ganamos dos veces, en 1824 y 1866. Además, la herencia cultural es evidente y por la necesidad de una continuidad histórica, dada la admiración por el pasado incaico, no pudimos negar el estudio del pasado colonial y encontrar en ese periodo personajes admirables y, qué duda cabe, fuimos un Virreinato muy importante. En cambio, Chile nos venció y nos duele porque siempre entendimos su pasado como inferior al nuestro. Nos duele doblemente porque nos ocuparon por varios años. Nos duele triplemente porque no solo se llevaron trofeos de guerra, se llevaron también libros, pinturas, estatuas… Y, además, Chile aún niega que haya materias pendientes, y no es poco frecuente que algunos de sus políticos exhiban hacia el Perú eso que José Rodríguez Elizondo, intelectual y ex diplomático chileno, ha llamado con magnífica expresión una “soberbia extravagante”.

–Otro lugar común: ¿la Independencia fue una gesta nacional?

–No, hoy sabemos que la independencia no fue una gesta “popular”, fue un movimiento de la élite. Los historiadores del siglo XIX no lo comprendieron porque al estudiarla recurrieron a ciertos documentos, proclamas, que les hicieron pensar que la Independencia fue apoyada por las masas. Hoy sabemos que los indígenas, negros, mulatos, mestizos participaron, pero sin tener necesariamente conciencia de lo que estaba en juego.

Herencia que pesa

–¿Qué conservamos del siglo XIX?

–Yo creo que una de las malas herencias del siglo XIX es la comprensión de la guerra con Chile. Los historiadores peruanos del siglo XIX comprendieron bien los abusos y supieron denunciarlos. La obra de Paz-Soldán, escrita casi en los mismos años de la guerra, es de una precisión documental y solidez impresionantes. Pero le faltó explicar mejor cuál era la situación previa en el Perú, que favoreció los abusos de los chilenos. Esto es algo que agrega Basadre.

–Otro tema pendiente es la inclusión de la población indígena a la nación.

–Sí, yo creo que esa debe ser la discusión. Porque hoy sigue presente el racismo, una herencia de los historiadores y políticos del siglo XIX. En buena cuenta seguimos sintiéndonos orgullosos de los incas y no tan orgullosos de los indios. Y a diferencia de otros países, en el Perú eso implica una especie de esquizofrenia: admiro y rechazo a la misma persona, a nosotros mismos.

–¿Qué debemos hacer?

–No imponer un único modelo de desarrollo, ni dejar que una minoría –económica o étnica– nos imponga el suyo. Respetar la diversidad cultural, no concebirla como algo inferior y tratar de pensar el Perú con modelos multiculturales. Afortunadamente, el Perú hoy no es el mismo de hace 50 años. Claro, hoy existe Asia (el balneario), unos cuantos que no dejan entrar a sus playas a mucha gente. Pero ellos no son el Perú. Más representativo del Perú es, por ejemplo, el Grupo 5.

El ejemplo de Alfonso Ugarte

–¿Y seguimos necesitando héroes nacionales?

–Por supuesto. Como toda nación, seguimos necesitando héroes nacionales. Pero debemos repensar nuestra historia. Por ejemplo, hoy admiramos a Alfonso Ugarte “solo” porque no dejó caer la bandera peruana en manos de los chilenos. Tal vez fue cierto, pero en todo caso Alfonso Ugarte fue héroe por varias otras razones: tenía dinero y pudo irse, pero se quedó a luchar. Además, usó su fortuna para armar batallones. La historia del sacrificio fue publicada días después de ocurrido en el diario La Patria, pero los historiadores del siglo XIX no la incorporan. Los que sí lo hacen son los historiadores del siglo XX.

–Sincerar nuestra historia sería una meta interesante para el bicentenario.

–Ciertamente. Tenemos que preguntarnos sobre qué Perú vamos a seguir enseñando en las escuelas. Hoy ya no es una necesidad, como lo fue para los historiadores del siglo XIX, “olvidar” hechos incómodos del pasado en favor de la unión nacional. Ahora nos toca asumir nuestras verdades históricas, incluso las recientes, las que causan orgullo y las que preferiríamos no escuchar. Solo así podremos reconciliarnos y difundir un pasado veraz, al interior de una educación masiva de calidad. Es una deuda que aún tenemos.

Perfil

• Nombre: Joseph Dager Alva
• Edad: 39 años
• Lugar de nacimiento: Lima, Perú
• Estudios: Licenciado en Historia por la PUCP (1996), Doctor en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Chile (2008)
• Familia: casado con 2 hijos
• Cargo actual: Profesor del Departamento de Humanidades y de la Maestría en Historia de la PUCP.
• Otras publicaciones: Hipólito Unanue o el cambio en la continuidad (2000), Vida y obra de José Toribio Polo (2000), Conde de Superunda (1995); El Virrey Amat y su tiempo (codirector, 2004).
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Fuente: Diario La República (Suplemento Domingo). 28 de Febrero del 2010.